CUENTO "LA PROFECÍA DEL GIGANTE"

26.03.2013 18:42

 

“LA PROFECIA DEL GIGANTE”
AUTOR: C. ALEJANDRO SANDOVAL MEDINA
 
    Recuerdo cuando comenzó todo, los pobladores de Santiago Xalitzintla eran gente tranquila y trabajadora, se localizaba en las faldas del volcán Popocatépetl. Cada uno realizaba sus actividades diarias para el subsistir. Un día común y corriente murió Don Lázaro, dueño de la tienda de abarrotes más concurrida de la zona, se organizó rápidamente el velorio según las tradiciones del lugar, que más bien parecía quinceañera o una boda por el alboroto que se organizó, como es sabido en los pueblos chicos se corre demasiado rápido las noticias, y mucho más rápido las malas. Don Lázaro era el hombre más adinerado de la zona, sin embargo también el más mujeriego, debido a que en vida fue muy generoso a cambio de un poco de placer sexual, algunos sabían del secreto de Don Lázaro. Según un viejo amigo, decía que la mitad de las mujeres de aquel pueblo habían sido amantes de Lázaro. Dicen que en los últimos días de su vida sufría de alucinaciones debido a una rara enfermedad, hasta que perdió completamente la razón, muchos contaban que lo habían embrujado, otros decían que le habían pegado una enfermedad por promiscuo, en realidad nadie podía confirmar alguna hipótesis; por lo tanto desde un pueblo lejano habían mandado a un Médico forense para determinar la causa de la muerte, pero pasarían dos semanas para conocer los resultados, de las muestras obtenidas del cadáver de Don Lázaro.
Uno de los últimos de enterarse del suceso fue el artesano Fausto Tepoyotl, acababa de llegar al pueblo después de terminar de vender sus artesanías, un hombre de unos 40 años de edad, muy trabajador, tenía dos hijos y su esposa 20 años más joven que él de nombre Salustia, Fausto sorprendido por la noticia fue al velorio, ahí se encontró con su mujer y sus hijos, todo mundo no podía llorar ya que la comida y la bebida no se los permitía, a excepción de algunas mujeres que lamentaban la partida de Don Lazaro, claro eran algunas de sus amantes, otros hasta llevaban trastes para poder llevarse comida.
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Los días siguientes fueron de todo normales, pero para Fausto Tepoyotl cambiaría su suerte radicalmente, fue un lunes cuando se hacía más pesado el día por la carga de trabajo. Comenzó a sentirse mal, mucha fiebre, y dolor de cuerpo insoportable, Salustia preocupada mando a sus hijos por el Medico, quien realmente era un anciano que solo había cursado un semestre de la carrera de medicina, pero que tenía algunos conocimientos en herbolaria, al llegar a la casa del enfermo, después de tomarle la presión y checar sus temperatura, el diagnóstico fue que era por la carga de trabajo, con guardar reposo se pondría mejor.
Al día siguiente, salió Salustia, Fausto comenzó a convulsionarse, después de unos minutos, miró por la ventana y algo le sorprendió de manera sobrenatural, había un hombre parado justo fuera de su ventana. ¡Era un Gigante! Sus manos y dedos tan grandes como corteza de árboles, era tan alto que una nube servía como sombrero, su rostro era color tierra y con arrugas demostrando su gran edad, estaba ahí parado y lo miraba fijamente, Fausto se escondió debajo de la cama, pero sabía que era ridículo ya que si el Gigante quería lastimarlo, podía derrumbar su choza hecha de adobe, así que se armó de valor y abrió la ventana y con voz entrecortada le pregunto al Gigante:
-¿Qué quiere?
El Gigante le respondió con una voz tan grave como si fuera un temblor:
-Solo quiero platicar y advertirte sobre algo que pasará.
-¿Por qué a mí?, hay muchos habitantes en este pueblo, yo solamente soy un simple artesano y no puedo hacer nada, a duras penas puedo mantener a mi familia.
- Tú eres el elegido, ¿acaso no quieres proteger a tu familia de la gran catástrofe que ocurrirá sobre tu mundo? Me tengo que ir, nos veremos pronto, mi nombre es Gregorio.
Entonces comenzaron a conversar, el Gigante le platicò acerca de muchos secretos de la naturaleza, mientras que fausto se encontraba fascinado con su amigo el Gigante, pasaron días y cada día era mejor la amistad, un día le platico su secreto a Salustia, dijo que cuando se encontraba solo en la casa llegaba un gigante a platicar con él, Salustia solo se reía.” Si serás tonto viejo, ¿Cuál Gigante? Si aquí en la ventana solo se puede ver pura maleza, se me hace que es la temperatura que te hace alucinar”
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Durante semanas mucha gente se percató de la locura de Fausto, lo veían hablando solo a través de la ventana, Salustia comenzó a preocuparse y mando a llamar nuevamente al Médico, luego fue un Chaman, una Bruja, ninguno pudo darle alguna respuesta a la locura presentada en su esposo. Un domingo cuando la gente solía dar la vuelta en la plaza del pueblo, llego alguien gritando “¡Tenemos que irnos, sucederá una gran catástrofe! Todos tenemos que irnos”. La gente comenzó a reír, al ver que era Fausto, unos vecinos pudieron tranquilizarlo y lo acompañaron a su casa.
Por la tarde apareció nuevamente el Gigante para despedirse: “Amigo ya sabes sobre mi advertencia, y no has hecho nada para que la gente se vaya”. A lo cual Fausto le respondió:
-En verdad lo he tratado pero la gente no escucha, les conté sobre tu profecía pero me dicen que estoy loco.
De pronto el Gigante comenzó a enfurecerse, los ojos se le volvieron rojos como llamas, por su nariz lanzaba polvo gris y súbitamente vomitó de manera estruendosa mares de un líquido viscoso, color rojo vivo. Fausto cayó desmayado.
Al día siguiente, en el encabezado de los periódicos resaltaban la gran erupción del volcán Popocatépetl, donde muchos pobladores habían perecido. Solamente Salustia con sus hijos habían sobrevivido ya que no estaban en el pueblo al momento de la erupción. La profecía del Gigante se había cumplido, Fausto quedó enterrado bajo la lava sin saber lo ocurrido. Su vida había terminado igual que su mundo. La enfermedad era debido a la sífilis misma que fue la causante de la muerte de don Lázaro, fue el resultado de la autopsia.
Después de siete meses, Salustia daba a luz a un varón, pensó en nombrarlo como alguien muy especial en su vida “¿Lo nombrare Fausto? no, mejor Lázaro”. Finalmente lo nombró “Gregorio” como el Gigante.
 
                                                                                                   AL FIN